domingo 29 de enero de 2012

BODAS DE PLATA

Foto de Viktor Pushkin


Han pasado casi veinticinco años desde que nos conocimos. ¿Te acuerdas? Lo nuestro fue, sin duda, amor a primera vista. Vernos, conocernos, paladearnos… sin pausa. Sí, ya sé que lo que he dicho del “amor a primera vista” es una cursilada. Ya sé que es algo que solo funciona en las películas y ni eso la mayor parte de las veces. Pero, si ha habido una sola ocasión en la que haya estado seguro de que esa clase de amor existía, fue cuando nos conocimos. Sé, también, que tú piensas lo mismo. Sé que para ti, también fue algo repentino, imprevisto y sorprendente. Después, mucho después, hablándolo me explicaste que antes nunca habías sentido algo así, tan súbito y tan fuerte.

Hace casi veinticinco años me enamoré de ti. Perdidamente, como ha de ser el amor para que tenga sentido. No me importó nada, ni los que me aconsejaban que no me convenías, ni los que se hicieron a un lado por causa de nuestro amor. Hace casi veinticinco años estuve, ya entonces, casi seguro de que lo nuestro era para siempre. Nada nos separaría, tal vez la muerte, pero ni siquiera eso es seguro. Y sin embargo…

Lo hemos compartido todo. Lo que era tuyo, mío y lo mío tuyo. Durante mucho tiempo. No como esas parejas modernas que mantienen cada uno celosamente lo propio. Esas que tienen gastos separados, ingresos separados, a veces hasta camas separadas. Tú yo no, no somos de esos, somos clásicos, de los de siempre, de los de “una sola carne” y todas esas cosas. Y durante casi veinticinco años, has sido lo primero que he visto cada mañana, el primer beso… y lo último antes de dormirme, casi siempre, el último beso. Veinticinco años, casi una vida entera. Y sin embargo…

Sin embargo nos hemos separado. Sin llegar siquiera a celebrar nuestras bodas de plata, por poco, por unos meses solo. Sí, es cierto que últimamente ya no era lo mismo que antaño. Es verdad que nos hemos ido distanciando. Pero los dos sabemos que no es la primera vez que eso ha pasado. Hemos tenido momentos mejores y peores, pero siempre hemos vuelto el uno al otro. Hemos tenido épocas de no hablarnos casi, de no buscarnos, de no querer siquiera rozarnos. Pero siempre las hemos sabido superar juntos. Ahora ya no.

Ahora ya es tarde. Ya no hay vuelta atrás. Sí, es verdad, todavía te añoro, casi cada día. Todavía me acuerdo de ti al levantarme cada mañana y al acostarme cada noche. Intento llenar el día de otras cosas para no recordarte pero… quizá no sea justo. Quizá. Te echo de menos. Mucho. Más de lo que pensaba. Pero claro, son veinticinco años. Una vida.

Ahora ya es tarde, ya solo me queda agradecerte todo este tiempo. Agradecerte que durante todos estos años has sido siempre fiel, siempre has estado a mi lado, siempre que te he necesitado, siempre siempre. En los malos momentos, un apoyo, en los buenos, celebrándolos juntos. Inseparablemente unidos, has sido incluso medida de tiempo para mí. Muchísimas veces. Tú nunca me has dejado de lado.

Y ya ves, ahora, no quiero verte más. Resulta que me he hartado de ti y sinceramente espero no volver a verte nunca. Me gustaría levantarme un día y no recordarte, no añorarte nunca más. Me encantaría poder decir que no voy a volver jamás contigo. Todavía no puedo hacerlo, aún no me atrevo a gritar ese jamás. Me da miedo equivocarme y traicionarme. Pero, no estoy siendo justo, ni contigo ni conmigo. No quiero que lo último que obtengas de mí sea odio ni hartazgo, de mi que tanto he de agradecerte. Por todos los ratos buenos, que han sido muchos, por todo lo que me has dado, cada día en estos veinticinco años. Y quiero que sepas que no te guardo rencor, no cabe en mí ese sentimiento tras todo lo compartido. Han sido tantos días juntos… Por todos ellos, sólo me queda ya darte las gracias. Ahora, que se cumple un año desde la última vez que nos vimos. Precisamente ahora. Siempre, Gracias Tabaco.



jueves 14 de octubre de 2010

Ana la friolera

Foto de Alexander Kharlamov


Conocí a Ana una tarde de invierno cerrado, enero creo. Hacía frío y ella se arrebujaba en su abrigo, apenas los ojos visibles bajo capas de ropa. No le presté ninguna atención, para que negarlo. Fue después, en verano, casi tres años más tarde, fue después, sí. Bastante después, cuando lo hice.

Ana, friolera desde el primer instante, nunca pudo ni intentó negarlo. Friolera de manta de lana de cuadros rojos, lana de cuadros azules, lana sin cuadros. Lana de Ana casi a todas horas, doble edredón si refresca, veinte grados en la calle. Abrigo o jersey casi siempre, epidermis ardiendo a todas horas. Ana, como friolera no entiende que ese calor sea suficiente, ese calor suave, mullido, dulce, siempre es bastante, cuando te roza al lado y cuando se recuerda más tarde. Ni el mejor plumón, ni el más cálido tejido, ni la más invernal de las telas, dan más calor que la piel desnuda. Y más aún la piel friolera.

Nunca viví en ciudad costera, aunque me acerqué a Norteña, tantas veces. Sentí el calor en el Cantábrico, donde el mar es mar y el frío nunca es tanto. Donde la lluvia no resta belleza (al contrario, la potencia) y el cobertor necesario. Y allí se desveló la aterida como el mejor de los calefactores, el más potente de los soles. Allí se reveló, sí, aunque ya fuera su calor conocido.

Y sé que sin ella siempre sería invierno y aunque uno es caluroso y lo pasa fatal entre abril y noviembre (al menos cuando abril era abril y noviembre noviembre), sucumbiría congelado al primer frío, a la primera escarcha y a la soledad yerma y helada de una tundra interior como la que acontecería, sin mantas de cuadros ni edredones bajo los que cobijarse y sin su piel, sobre todo sin su piel.


miércoles 22 de septiembre de 2010

Verónica

Foto de Fernanda Veron

Verónica es verde, como Christine es blanca o Rubella roja. Verónica es verde siempre pero es más verde cuando el sol la pone morena. Entonces es verde de verdad, verdadero verde. Su color es lo de menos, claro, siempre es lo de menos. Lo de más es que tiene la cualidad de estar ahí aún cuando no está: sabes que si es necesario puedes contar con ella siempre.

Verónica es un dragón pintado, es un concierto en Leganés, una charla matutina en sillas de madera pintada de verde. Es una gabardina larga, negra. Pelo larguísimo, también negro y siempre más rizado de lo deseado. Es Mazagón contado muchas veces y escuchado la mayoría, baloncesto aficionado contra tabla, es Gabriel y Galán, castúo discutido, consulta, estudio y ocio. Verónica significa muchas cosas, significa pan con chocolate en el Rastro madrileño, significa mil conversaciones con cerveza y otras mil sin ella. Verónica fue la primera en ver a mis hijos cuando eran todavía grises. Fue la primera en saber que su madre sería su madre. La primera en mirarme por dentro o la primera en verme, que viene a ser lo mismo.

Verónica no es leyenda urbana, existe, claro que sí, aunque viva lejos. Existe y es, aunque no siempre porte la victoria. Hoy Verónica pasa un mal rato. Hoy la vida no es como ella querría que fuera. Hoy sabe o debería saber que sin estar allí, allí estoy.





miércoles 21 de julio de 2010

Blogs mundi


Veintitrés de octubre de 2004. En esa fecha tan concreta Avatar colgó en internés el primer relato que escribió. “S” se llamaba. Después, ese relato junto con los demás de la época, terminó en un blog (Cosmopolita Cáustico), aproximadamente año y medio más tarde. Fue el resultado del descubrimiento de un mundo en sí mismo, lleno como solo la red de redes puede llenarse de todos tipo de seres, algunos humanos y otros no tanto: la (llamada) blogosfera. Dicen los expertos que los blogs tienen más o menos fecha de caducidad, que pocos aguantan más de cuatro años. ¿Por qué? Pues ni idea, pero la “experiencia” como lector de blogs parece que corrobora la teoría.

En octubre de nuevo, pero de 2008, el Cosmopolita dio paso al ciego que ahora lees, el que estaba (y está) harto de antifaces y le Apetecía Transparencia. La razón del hecho fueron los comentarios de dos damiselas, la primera dijo poco más o menos: “no, no, no, tiene que ser un blog nuevo” y la segunda: “tú es que no tienes estilo propio”. Estando de acuerdo con ambas, murió aquel y nació éste. Nació un personaje que estaba dispuesto a tener “estilo”, es decir, a dejar de dar vaivenes, a abandonar el “ahora escribo con frases cortas y ahora con largas perífrasis”, etc.

Y en esas estábamos, renqueando (no me negarán que veinticinco posts escasos en un año es renquear y más si un porcentaje significativo de ellos son de los de tirar a la basura directamente) hasta que llegó 2010. Y llegó con pocas ideas, con poco tiempo y con menos ganas. Llegó con el convencimiento íntimo de que estaba empezando a ser muchísimo más divertido leer que escribir (más o menos como antes de empezar). Y habrá quien piense que las razones del “bajón creativo” (otra antológica expresión de otra dama, que otra cosa no pero personas humanas que opinan a mi alrededor lapidariamente me sobran) es una cuestión de número de comentarios o de visitas. Pues no, oigan. Hace años que tengo claro que para mí eso es lo de menos. Ya hace tiempo también que “descubrí” que hay dos razones fundamentales para que un blog tenga visitas y comentarios. La primera depende de lo activo que sea el autor comentando otros blogs, es decir, si comentas mucho te comentan mucho, independientemente de la calidad de dicho intercambio. Como nunca he sido demasiado amigo de la lisonja gratuita, pues al pairo con esa política. La segunda razón, relacionada con las visitas, tiene que ver con el lenguaje que utilices (por encima incluso de la temática): llena tu blog de culos, tetas, coños y pollas y tendrás visitas a tutiplén. De hecho, en mi caso concreto, un texto llamado “Culos” que apareció por el Cosmopolita allá por febrero de ¡2006!, lleno de tipos de pandero y de palabras relacionadas tiene casi tres veces más visitas diarias que el resto de lo escrito, todo junto. La culpa es de la salidez proverbial del navegante medio y de google, no podía ser de otro modo.

En esas estamos, en esas y en no publicar nada desde febrero (lo de marzo no cuenta demasiado). En esas estamos y tengo claro que aquí viene un punto. Todavía no sé si seguido, aparte o final. Es decir, no sé si a partir de ahora empezaré a publicar post de forma más o menos constante en el tiempo, si el blog cerrará y nacerá otro nuevo o si directamente esto es el final de Avatar como hacedor de bitácoras. En el primer caso nos veremos pronto, en el segundo ya les invitaré a ustedes a mi nueva morada y en el tercer supuesto, ha sido un placer compartir todos estos meses con ustedes. Estos seis años, día arriba o abajo. Así que igual lo de la caducidad…

miércoles 31 de marzo de 2010

Padre

El Vicente Calderón, según Avatar

Ayer pensaba que mi padre nunca había olido a cuero ni a tabaco, como me harté en su momento de leer que debían de oler los padres. Nunca fumó (salvo algún devaneo con una pipa, que eso ni es fumar ni es nada) y si vistió ropa de cuero, esta estaba lo bastante tratada como para no desprender ningún olor especial, que yo recuerde. Ayer pensé que mi padre cuando me llevaba al fútbol, cuando me hizo del atleti, cuando consiguió que me enamoraran esas rayas rojas y blancas, ese olor a puro y pipas, ese ambiente indescriptible e inenarrable para mí (si no lo has vivido, no puedes saber como es, no hay palabras), cuando logró que cada patada al balón aquel la sintiera en el fondo del alma, no hizo sino apuntarme a una secta ridícula, que me robaba tiempo los domingos para vivir muchas más tristezas que alegrías. Ayer recordé aquella final de Lyon (el Dinamo de Kiev nos pasó literalmente por encima), aquella bandera colgada en mi terraza y rápidamente retirada en el descanso. Recordé la remontada al Betis con Arteche en plan estrella, partidazos pre-Gil y alguno post-Gil, el 1-4 en el Bernabéu con Menotti en el banquillo, las copas, las ligas (sí, alguna recuerdo). Futre, Dirceu, Alemao, Schuster, Votava, Baltazar, el innombrable H. Sanchez, Pantic, Vieri, Hasselbaink… y también Julio Prieto, Landáburu, Marina, Pedraza, Cabrera, Quique Ramos, Julio Alberto, Ayala, Heredia, Capón, Leal, Rubio, Tomás, Superlópez, Arteche, Solozábal, Kiko, Caminero, Manolo… Recordé muchos de los que tú nombrabas y yo nunca vi, Reina, Calleja, Panadero Díaz, Silva, Ben Barek, Mendoça, Collar, Gárate, Luis, Irureta, etc, etc.

Ayer pensaba también –no solo de fútbol vive el hombre, aunque sea colchonero- en aquellas partidas de ajedrez, en aquellos interminables (y dichosos) ensayos del jaque pastor, en la India de Rey, en el ficha tocada, ficha movida. Pensaba en las largas conversaciones sobre cualquier tema, monólogos muchas veces, tú casi no hablas. En libros recomendados, en “levántate que no llegas”, en… tantos días a días. Pensaba en tu mundo interior, tan rico como inaccesible, en tu paciencia, en tu aguante, en tu bondad infinita, que tantos confunden hoy todavía. Recordé tu pasado “ninja” y las peleas de broma, los “luchacos” de palo de escoba y de hierro recubierto de goma negra y dura, el fuerte de cartón piedra y el Exin castillos que nunca tuve porque era una porquería. Recordé las herramientas que me encontraba “perdidas” cuando me llevabas contigo al trabajo, las horas de espera en cualquier sitio porque a ti no te gustaba (ni te gusta, claro, y bien que nos lo has enseñado a todos) llegar tarde.

Hoy quise (y quiso) recuperar algún momento de aquellos y te propuse volver al Calderón, antes de que lo tiren. Volver a ver al Kun o a Forlán, a Reyes o a Tiago si se dejan. A De Gea y a toda la morralla que los acompaña (casi todo lo demás). Volver a pasar frío, a oler a humo de puro barato, volver a escuchar insultos y cánticos, ora divertidos, ora exasperantes. Volver a vibrar y ver a los de alrededor hacerlo. Volver a oírte mascullar y gritar por dentro. Volver a ese brillo… y quise y quiso que fuera a ser con otra generación atlética, de las más nuevas, de las que nunca han visto nada del primer párrafo, aunque algunos le suenan porque he intentado, e intento cada día, que lo que tu hiciste conmigo llegue a lo que ha venido detrás, en un majadero afán de que toda aquella alegría que yo sentía por tu culpa (todo ese orgullo de ser de este equipo hoy tan denostado, orgullo absurdo pero sano) no se quede ahí, en un párrafo, en un recuerdo que más pronto o más tarde será vago. Es torpe empeño porque, obviamente, ni te llego ni te llegaré nunca a la suela del zapato.

Mañana querré repetirlo más veces, antes de que sea tarde, antes de que solo me (nos) quede la nostalgia, antes de que ya no sirva de nada. Y me gustaría tener palabras, tener voz suficiente para que en algún momento pudiera hacerte comprender lo que significa, ha significado y espero significará para mí todo lo que has sido y eres. Ni que decir tiene que aunque aquí me refiera al atleti, al ajedrez, a juguetes y libros, a visitas y costumbres, todo ello es lo de menos. Lo de más es imposible para mí de convertir en letra, aunque lo de más sea sangre y fuego por dentro. Me gustaría ser lo bastante hábil como para ponerlo por escrito porque los dos sabemos que nunca te lo podré decir a la cara, me falta valentía y me sobra torpeza. Me gustaría que lo supieras, que lo tuvieras presente y que, incluso, algún día futuro, alguien pudiera glosar, acordándose de mí, un diez por ciento de lo que tendría que ser capaz de de decir de ti. Y no sé hacerlo, no sé decirlo, no sé escribirlo, y peor, no sé hacerlo sentir, que al final es lo que duele, es la incapacidad más hiriente. Eso no me lo quisiste enseñar o no te hice caso.
 

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Gracias.

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