domingo, 29 de enero de 2012

Bodas de plata



Han pasado casi veinticinco años desde que nos conocimos. ¿Te acuerdas? Lo nuestro fue, sin duda, amor a primera vista. Vernos, conocernos, paladearnos… sin pausa. Sí, ya sé que lo que he dicho del “amor a primera vista” es una cursilada. Ya sé que es algo que solo funciona en las películas y ni eso la mayor parte de las veces. Pero, si ha habido una sola ocasión en la que haya estado seguro de que esa clase de amor existía, fue cuando nos conocimos. Sé, también, que tú piensas lo mismo. Sé que para ti, también fue algo repentino, imprevisto y sorprendente. Después, mucho después, hablándolo me explicaste que antes nunca habías sentido algo así, tan súbito y tan fuerte.

Hace casi veinticinco años me enamoré de ti. Perdidamente, como ha de ser el amor para que tenga sentido. No me importó nada, ni los que me aconsejaban que no me convenías, ni los que se hicieron a un lado por causa de nuestro amor. Hace casi veinticinco años estuve, ya entonces, casi seguro de que lo nuestro era para siempre. Nada nos separaría, tal vez la muerte, pero ni siquiera eso es seguro. Y sin embargo…

Lo hemos compartido todo. Lo que era tuyo, mío y lo mío tuyo. Durante mucho tiempo. No como esas parejas modernas que mantienen cada uno celosamente lo propio. Esas que tienen gastos separados, ingresos separados, a veces hasta camas separadas. Tú yo no, no somos de esos, somos clásicos, de los de siempre, de los de “una sola carne” y todas esas cosas. Y durante casi veinticinco años, has sido lo primero que he visto cada mañana, el primer beso… y lo último antes de dormirme, casi siempre, el último beso. Veinticinco años, casi una vida entera. Y sin embargo…

Sin embargo nos hemos separado. Sin llegar siquiera a celebrar nuestras bodas de plata, por poco, por unos meses solo. Sí, es cierto que últimamente ya no era lo mismo que antaño. Es verdad que nos hemos ido distanciando. Pero los dos sabemos que no es la primera vez que eso ha pasado. Hemos tenido momentos mejores y peores, pero siempre hemos vuelto el uno al otro. Hemos tenido épocas de no hablarnos casi, de no buscarnos, de no querer siquiera rozarnos. Pero siempre las hemos sabido superar juntos. Ahora ya no.

Ahora ya es tarde. Ya no hay vuelta atrás. Sí, es verdad, todavía te añoro, casi cada día. Todavía me acuerdo de ti al levantarme cada mañana y al acostarme cada noche. Intento llenar el día de otras cosas para no recordarte pero… quizá no sea justo. Quizá. Te echo de menos. Mucho. Más de lo que pensaba. Pero claro, son veinticinco años. Una vida.

Ahora ya es tarde, ya solo me queda agradecerte todo este tiempo. Agradecerte que durante todos estos años has sido siempre fiel, siempre has estado a mi lado, siempre que te he necesitado, siempre siempre. En los malos momentos, un apoyo, en los buenos, celebrándolos juntos. Inseparablemente unidos, has sido incluso medida de tiempo para mí. Muchísimas veces. Tú nunca me has dejado de lado.

Y ya ves, ahora, no quiero verte más. Resulta que me he hartado de ti y sinceramente espero no volver a verte nunca. Me gustaría levantarme un día y no recordarte, no añorarte nunca más. Me encantaría poder decir que no voy a volver jamás contigo. Todavía no puedo hacerlo, aún no me atrevo a gritar ese jamás. Me da miedo equivocarme y traicionarme. Pero, no estoy siendo justo, ni contigo ni conmigo. No quiero que lo último que obtengas de mí sea odio ni hartazgo, de mi que tanto he de agradecerte. Por todos los ratos buenos, que han sido muchos, por todo lo que me has dado, cada día en estos veinticinco años. Y quiero que sepas que no te guardo rencor, no cabe en mí ese sentimiento tras todo lo compartido. Han sido tantos días juntos… Por todos ellos, sólo me queda ya darte las gracias. Ahora, que se cumple un año desde la última vez que nos vimos. Precisamente ahora. Siempre, Gracias Tabaco.





 

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