jueves, 23 de enero de 2014

Espantapájaros

Del corto El Espantapájaros de Gonzalo Zona
Fotograma del corto El Espantapájaros, de Gonzalo Zona  http://www.youtube.com/watch?v=7sSGxk9QVhE


Desde el principio, el espantapájaros había estado allí. Lloviera o tronase, hiciera frío o luciera el sol más radiante, imperturbable, vigilaba el campo de la parte trasera de la casa. Cada día Alicia se asomaba a su ventana y durante horas se dedicaba a observarlo. Miraba los pájaros que se posaban en sus hombros sin importarles ni su nombre ni su función y los espantaba ella, airadamente, enfadada con su insolencia, disgustada con lo que consideraba, sin duda, una imperdonable falta de respeto. Así había sido desde que recordaba. Lo cierto es que era raro que aquellos pájaros se molestaran en picotear el grano, verde o maduro tanto daba, que plantado por el padre de Alicia suponía la mayor parte de los modestos ingresos de toda la familia. Desde muy niña, aquel era un comportamiento que no terminaba de entender; habría estado dispuesta a dejarles tranquilos si el descaro hubiera servido para alimentarse, pero que la única razón de molestar al monigote fuera esa misma, la soliviantaba.

Alicia procuraba que su amigo estuviera lo más cómodo posible: en verano, cuando picaba el sol, en las horas más calientes del día, le ajustaba el rancio sombrero de paja y le abanicaba para que sintiera el menor calor posible y, en invierno, cuando a duras penas la nieve acumulada en el campo todavía no sembrado la permitía llegar hasta él, le cubría con mantas. Le hubiera gustado ser más alta para poder coger una nube y exprimirla para él, cuando hacía meses que no llovía y la sed tenía que ser insoportable. En cualquier época del año, Alicia se sentaba bajo el espantapájaros y le ponía al día de lo que le iba sucediendo. Obviamente no obtenía respuesta alguna del muñeco pero le daba la sensación de que escuchaba con atención, casi de forma reverencial y eso para una cría (y para luego una menos niña) era más que suficiente.

Alicia tenía amigas y amigos de su edad, siempre los había tenido, pero la intimidad que alcanzaba charlando con ellos no tenía comparación. El espantapájaros era su confidente primero, su diario después y su más atento (en lo que se refiere a la conversación) amante más tarde. Con él no había vergüenza, no había reproches y no había pelea posible. Al fin y al cabo, ella sentía que en los ojos de botón de la cara de trapo había comprensión, afecto y, en ocasiones, cuando lo que le había sido confiado era un comportamiento o un pensamiento poco apropiados, incluso un ligero deje burlón que hacía que la niña se diera más cuenta aún de lo dudoso de su forma de portarse.

Fueron pasando los años y las estaciones. La lluvia, el frío y la nieve, tanto como el calor y las épocas de sequía, fueron desgastando, envejeciendo y ensuciando la ropa y la misma estructura del espantapájaros. Perezosamente el viento descubría el reuma de las articulaciones de madera y paño y lo que en su momento lució airoso, chirriaba después como si le faltara aceite. Alicia trataba de mitigar la madurez de su compañero como buenamente podía, sustituyendo lo raído y renovando su vestuario, pero aún así, el tiempo pasa para todos.

Alicia creció y maduró al igual que el espantapájaros y llegó el momento de la separación. Se casó y abandonó la casa y el campo de sus padres, comenzando una nueva vida en otra ciudad. Poco a poco quedaron atrás los ratos que había pasado junto a todos ellos. Los recuerdos de la infancia y la adolescencia lentamente pasaron a un segundo plano, centrada como estaba en la siempre difícil convivencia con su “nueva” familia. Tuvo tres hijos que llenaron sus huecos, todos sus huecos. Pero la felicidad inicial duró muy poco tiempo. Un marido distante y unos hijos que también crecían e iban necesitando cada vez menos de ella la fueron sumiendo en una existencia gris, sin disgustos especialmente graves pero también sin alegrías lo suficientemente frecuentes como para calificar su biografía de dichosa.

Un día de otoño Alicia se despertó sobresaltada. Por primera vez en muchos años había soñado con su pasado lejano, con las tardes dedicadas a hablar con el espantapájaros hacía tanto tiempo. Concretamente soñó que se sentaba a su sombra y le describía, de nuevo, su día a día. Soñó que otra vez sentía esa infinita comprensión nacida del silencio cómplice e hija del afecto supuesto. Del amor, aunque imaginado, sin condiciones. Se despertó llorando de nostalgia y con el dolor en el pecho de saberse traidora a esas sensaciones. Lentamente, como ausente, hizo la maleta y salió de su casa (de esa casa que no había abandonado en los últimos treinta años) rumbo a la estación de tren. No dejó ninguna nota, no llamó a nadie ni pensó siquiera en decirle nada a su marido ausente en varios sentidos. No es que pensara que no advertiría su marcha, ni siquiera que no la sentiría, simplemente le dio exactamente igual lo que dejaba atrás. No quedaba nada allí que echar de menos. No había de qué arrepentirse.

Llegó entrada la noche y corrió todo el tiempo desde la parada del ferrocarril hasta el campo que esperaba que aún rodeara la vivienda de sus padres. El frío de la noche, octubre puede llegar a ser gélido, se le fue introduciendo hasta los mismos huesos y una fina llovizna helada se le clavaba en el rostro mientras corría. Negros pensamientos llenaban su mente, los tiempos habían cambiado, ya casi nadie sembraba nada y mucho menos recurrían a muñecos de madera y trapos viejos para “vigilar” los ridículos cultivos que dificultosamente algunas escasas familias se esforzaban en mantener. Hacía años que no cruzaba más que unas pocas palabras casi por compromiso con su madre – su padre había muerto ya – y desde luego no habían incluido en sus conversaciones superficiales nada relativo al espantapájaros.

Cuando llegó por fin al campo casi se le quiebra el corazón. El muñeco, su muñeco, no estaba. Lo que había sido un pequeño trozo de tierra fértil, que durante generaciones había mantenido varias familias sin alharacas pero sin hambre, era ahora un páramo casi yerto, lleno de hierbajos sin valor alguno y de tierra yerma y helada. La anciana casa de piedra y madera ya carcomida donde había nacido y crecido Alicia, se veía casi en ruinas: una de las alas (precisamente donde estuvo su dormitorio de niña) se había derrumbado casi por completo y el resto de lo que fue su hogar amenazaba con seguir el mismo camino. La culpabilidad por haber permitido que su madre llegara a esa situación sin ni tan siquiera saberlo ella, se mezcló con el dolor que le atenazaba el alma. Llamó a la puerta, con fuerza, sin preocuparse de la hora ni del dormir siempre leve e intranquilo de su madre.

- Has venido por el espantajo, ¿verdad? –dijo la madre al abrir la puerta y ver el rostro desencajado de Alicia.
- Madre, ¿cómo estás? Sí, he venido por él – contestó Alicia al comprender que daba igual, que su madre siempre la había conocido mejor que ella misma. ¿Dónde está? ¿Cómo puedes haberlo tirado? – las lágrimas atropellaban las palabras.
- No lo he tirado, tonta, está ahí, en el armario del fondo. Con el resto de tus cosas. Lo guardaba por si algún día te decidías a venir por aquí. Diez años es mucho tiempo, desde que murió tu padre no te he visto...

Alicia no siguió escuchando, apartó a su madre bruscamente y caminó rápidamente hacia el armario que le había indicado. Lo abrió y allí estaba. Entre montones de trastos, juguetes anacrónicos, libros destrozados, ropa antigua, viejas mantas. Allí estaba. Roto, con la ropa hecha pedazos, sucio, tirado de cualquier manera, entre basura. Alicia lo sacó del armario con dulzura, lo abrazó y empapó la anticuada cara de trapo con sus lágrimas. Le atusó el pelo de paja y trató de componer de nuevo la figura del muñeco. Entonces vio el ojo que aún le quedaba. El botón estaba prácticamente descosido del todo, tan solo un par de hilos lo mantenían en su sitio. El antiguo brillo que tan bien recordaba no estaba allí. Habían sido muchos años de ausencia, muchas tardes al sol, muchas lluvias y muchas heladas. El espantapájaros, ahora descoyuntado por el desprecio, que había conocido Alicia, aquel que recordaba con auténtico amor verdadero, aquel confidente y amante ya no estaba allí. Como no estaba allí la niña que había compartido sus horas con él, sus secretos. La chica que le había confiado sus primeros enamoramientos, el primer beso, el primer sexo incluso. No estaba la joven que había empezado a fumar bajo su sombra, comenzado y terminado el vicio bajo su protección, a pesar de que todavía llevaba encima el veterano mechero de gasolina que siempre había creído un regalo del propio muñeco, tras encontrárselo entre sus pies una tarde de verano. El viejo mechero que ahora encontró de nuevo Alicia. El mechero que encendió y arrojó al fondo del armario, dónde más combustible en forma de papel, madera y tela desechada había. Ardió como la misma gasolina del mechero, como el ánimo muerto de Alicia. Como había ardido de ira al ver lo que quedaba de su amigo y de impotencia y culpabilidad al comprender de quien era la responsabilidad.

Alicia se abrazó al espantapájaros y le susurró como le susurraba entonces. Le cantó las mismas nanas que le había cantado a sus hijos. Lloró toda su rabia acumulada en las largas tardes de soledad personal de los últimos años, tantos años. Las llamas fueron creciendo en altura e intensidad y el calor y el humo irrespirable aumentaban de forma inmisericorde mientras ellos dos se empapaban en lágrimas de frustración y miedo. En cuanto Alicia pensó que la fuerza de las llamas era suficiente, saltó dentro del armario, al corazón del infierno donde ya no se separarían más. Rápidamente el fuego prendió en la ropa de los dos amantes derritiendo lo fundible y calcinando el resto. Se oyó un grito, sólo uno y el viento helado paró de repente como si lo hubiera escuchado. Los árboles esqueléticos y desnudos pareció que giraban sus ramas en dirección a la vivienda. Unos levísimos copos de nieve impropios de octubre cayeron tranquilamente sobre las llamas que consumían la casa. Aquel año el invierno comenzó bastante antes de lo habitual.


 

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