miércoles, 26 de marzo de 2014

Cuatro ojos


Las dioptrías difuminan tu silueta pero no pueden hacer nada con la evocación. El sabor de tu piel, el aroma de tu pelo, el recuerdo de tu tacto, siguen impregnando mis sentidos. Me empapan de memoria, me calan por fuera y por dentro. Luego, ya con las gafas puestas, añadiré sensaciones a la recopilación. Una, cada vez más completa y al mismo tiempo, cada vez más vacía. Una colección de esas raras en las que cuantos más cromos tienes, más te faltan. Sobre todo porque conoces mejor el total, tienes más conciencia del tamaño, de la cantidad de elementos que componen a la otra persona. Y claro, una vez que los vas conociendo todos, poco a poco, capa a capa, no puedes dejar de querer tenerlos, no puedes permitir que te falte ninguno. Clasificaditos, a poder ser.

Pero no puede ser. El repertorio cambia cada momento, no hay dos segundos iguales. No en esencia. Puto Schrödinger, piensas para tus adentros. Sin embargo, su presencia en tu mente dura poco. El duermevela hace que en rápida sucesión vayas de la cuántica al gato; del felino al arqueo de la espalda femenina que se levanta en ese momento. Y de ahí a todo lo demás. Intentas en vano agarrar esa sensación pero se te escapa entre los dedos como arena. Y de la arena, al reloj; del cronómetro, al tiempo como concepto. No hay tiempo para abstracciones (tu cerebro se recrea en la polisemia una milésima de segundo, una décima tal vez), no. No, cuando quieres recuperar sabores, olores y tactos. Lo antes posible.

Con los cuatro ojos puestos, con la mirada ya limpia, con la cabeza despejada, todo se ha perdido. La figura en lugar de hacerse obvia ha desaparecido. Suerte que ha dado tiempo. Suerte que en el álbum de tu cabeza hay un hueco menos. Lo demás son recuerdos, evocaciones del pasado que no regresan aunque limpies una y otra vez los cristales que te separan de la realidad. Esa que es mejor (a veces, sólo a veces) contemplar sin gafas.

jueves, 20 de marzo de 2014

Carta a una sirena perdida


Nadaste demasiado profundo, sirena. Te perdiste allá donde querías encontrar marineros que encantar, tú, que siempre fuiste faro. Tú, mujer con cola de pez, tan fascinante, tan sugerente, que hubo que inventarte traidora; hubo que fabular para no reconocer que eras irresistible. Nadaste demasiado lejos y desapareciste.

En tierra se te echa de menos, aunque el recuerdo permanezca, no es suficiente, nunca lo es. Se te añora, dama blanca, mucho. Fuiste como esa ola que nunca vuelve al mar. Porque no vuelve ninguna, jamás. Y hoy se recuerda el regusto salado en los labios, pero no es ya lo mismo.

Imagino que tu ausencia es una buena señal, una garantía de que tu vida va, de que tu vida existe. Quiero imaginarlo, claro, certezas las justas. Quiero suponer que la sirena encontró a Ulises y se enamoró. Quiero creerlo, pensar que el rubio aquel de ojos claros siguió creciendo y absorbió todo el tiempo de la sirena madre. Y que fue para bien.

Imagino que el astur que secuestró tu corazón lo tiene a buen recaudo. De modo que al final, aunque voluntariamente, eres tú, sirena, la seducida. Eres tú la cautivada, en una especie de paradoja elegida que por eso mismo, no duele. O no mucho.

Pero hoy releo palabras escritas con pluma de salitre, frases que huelen a Cantábrico y me invade una cierta nostalgia. Una melancolía absurda, por un tiempo que no fue, sin duda, mejor, para nadie. Sin embargo fue un tiempo que tuvo detalles y letras que sí merecen ser recordadas y que, también sin duda, se echan de menos pese a todo.

No sé si te llegará este escrito, allá donde estés. No sé si en esa tierra lejana a la que te retiraste perderéis el tiempo con transparencias. Allí donde es el mar el translúcido, cuando la espuma le deja. Esa tierra lejana que habitas, que has hecho tuya. Al norte del norte pero al sur de tu norte, por raro que suene. En realidad no tiene demasiada importancia. Sólo quería que lo supieras. Por si te da por volver.

 

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